
Pensar que todo comenzó hace apenas cuatro años. Era un 8 de septiembre. Al salir de una misa ordinaria en St. Bartholomew, después de celebrar junto a La Mía el día de nuestra Virgencita bonita, había algo que no quería aceptar: que en una ciudad como Houston, donde tantos venezolanos hemos hecho vida, no tuviéramos un espacio para reunirnos y celebrar juntos el día de la Virgen del Valle. Ese día hice una promesa a mi esposa Sonia, quien una vez más estaba a mi lado: el próximo año celebraremos en Houston el día de nuestra Virgencita. Ella, con bastante lógica, me preguntó: “¿Y cómo lo vas a hacer?”. Le respondí con absoluta honestidad: “No tengo idea, pero lo vamos a hacer”.
Comencé a recorrer los caminos protocolares. Toqué puertas, expliqué la idea y no tuve mucho éxito. Hasta que entendí que aquello parecía simplemente una petición de Sonia y Manuel. Teníamos que demostrar que éramos muchos los que queríamos encontrarnos cada 8 de septiembre alrededor de nuestra Madre. Grabé un video con la intención de recoger firmas. Las firmas nunca hicieron falta. El video sobrepasó todas mis expectativas y las respuestas comenzaron a llegar. Entonces entendí algo muy importante: no estábamos solos. Éramos muchísimos.
Entre aquellos mensajes recibí uno en privado de un muchacho llamado Ricardo Finol, decía sencillamente: “Sr. Manuel, yo hago que sea posible”. Y lo hizo. Ricardo sigue a nuestro lado y puedo decir, sin exagerar, que sin él mucho de esto no habría sido posible. Gracias, chamito.
No recuerdo si pasó siquiera una semana cuando ya estábamos sentados frente al padre Miguel Solórzano, párroco de St. Bartholomew Catholic Church, en Katy. Nos escuchó, entendió lo que significaba para nosotros y nos abrió las puertas. Teníamos la aprobación para celebrar nuestra misa. Parece que fue ayer.
Han pasado poco más de tres años, y este 8 de septiembre celebramos, por tercer año consecutivo, la misa en honor a Nuestra Señora del Valle. Una vez más, la iglesia se llenó, pero decir que se llenó de personas sería quedarse corto. La iglesia se llenó de una energía que irradiaba Fe. Se sentía en las miradas, los cantos, las oraciones, las familias reunidas y en cada persona que se acercaba a nuestra Virgen. Yo la sentí, y estoy seguro de que quienes estuvieron allí también.
Y qué bonito mirar alrededor y encontrar venezolanos provenientes de tantos rincones de nuestra patria: orientales, caraqueños, zulianos, guayaneses, andinos, llaneros… personas que quizás nunca se habrían conocido y que, estando lejos de casa, se reunieron por una misma razón: honrar a nuestra Madre. Tal vez esa sea una de las cosas más hermosas que hemos descubierto durante estos tres años: nunca estuvimos solos. Simplemente, todavía no nos habíamos encontrado.
Por eso quiero agradecer profundamente al padre Miguel Solórzano y a todo el equipo de St. Bartholomew por abrirnos las puertas y hacer de su casa también la casa de la Virgen del Valle en Houston. Este año tuvimos además la bendición de contar con el padre José Augustine, quien presidió la misa, y con el diácono Eddy, cuyas palabras tocaron a muchos de los que estábamos allí. Y gracias a cada una de las personas que nuevamente desbordaron la capacidad de la iglesia y participaron con esa fe, civismo y respeto que queremos que siempre caractericen nuestros encuentros como venezolanos.
Hay otro agradecimiento especialmente importante. En estos años se ha formado un equipo maravilloso: mujeres, hombres y niños que trabajan sin esperar ser retribuidos. Llegan antes, se quedan después, organizan, decoran, ensayan, cargan y resuelven lo que sea necesario. ¿La recompensa? Porque sí la hay. Ver las caras de felicidad, los abrazos de familias y amigos, a tantos acercarse a nuestra Virgen y pensar que Ella también debe estar feliz viendo a tantos de sus hijos reunidos. Hace cuatro años, Sonia y yo nos sentíamos solos cada 8 de septiembre, y seguramente no éramos los únicos. Hoy somos parte de una hermandad que nació alrededor de la fe. Ya no esperamos el 8 de septiembre preguntándonos dónde celebrar; sabemos que tenemos una casa y, sobre todo, con quién compartirla.
Y quizás por eso quiero terminar contándoles algo que siempre me hace sonreír. Cuando llegué a Puerto Ordaz, yo era “el esposo de Sonia”, quien era de allá. Después llegaron nuestros hijos y adquirí nuevas identidades: primero “el papá de Eduardo”, después “el papá de Andrés” y finalmente “el papá de Eduardo y Andrés”. Cuando llegué a Houston pensé que había llegado mi oportunidad de recuperar mi nombre. Pero ahora resulta que soy “el señor que organiza la misa de la Virgen del Valle”. Y ¿saben qué? Me encanta.
Por cierto, me llamo Manuel Guzmán-López. Soy el esposo de Sonia, el papá de Eduardo y Andrés, y uno de los organizadores de la misa en honor a la Virgen del Valle en Houston. Mucho gusto.
Y desde ya queda hecha la invitación: el próximo 8 de septiembre de 2027 volvamos a encontrarnos. Los que estuvieron, regresen; los que todavía no han podido acompañarnos, vengan; y si conocen a otro venezolano que esté viviendo su 8 de septiembre sintiéndose lejos de casa, tráiganlo. Que St. Bartholomew vuelva a llenarse, no solamente de personas, sino de esa energía, esperanza y fe que vivimos juntos este año.
Porque ahora sabemos algo que hace cuatro años Sonia y yo todavía no sabíamos: nunca estuvimos solos. Solo nos faltaba encontrarnos.
¡Que viva nuestra Virgen bonita! ¡Que viva la Virgen del Valle!
Manuel E. Guzmán-López
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