
Geometric Failure es un acto inmersivo de memoria. Una instalación sobrecogedora que reúne múltiples elementos y convoca al espectador en distintos planos al mismo tiempo. Es un cortocircuito sensorial. No permite armar un todo, ni ofrece descanso. Su intensidad me obligó a enfrentarme a la experiencia sin la posibilidad de entenderla por completo.
Consistente con el cuerpo de trabajo de Violette Bule, continúa explorando la intersección estructural en los contextos de migración, política identitaria y populismo. Como en trabajos anteriores, presenta la memoria, los datos, las tecnologías digitales y la justicia social. Infundiéndoles dinamismo, intensidad y algo de sarcasmo. Aquí, sin embargo, esos recursos —presentes en Caracas Relativa, Réquiem, El Guiso, El Helicoide, Ser para otros o Against re-presentation— resuenan con una fuerza nueva, retomando su poder evocador.
En Geometric Failure no hay posibilidad de construir una memoria coherente, lógica o lineal. Es una tormenta sensorial. Detona en el espectador una realización profunda de nuestra incapacidad de darle sentido a lo que le ha sucedido a Venezuela y sus habitantes. La experiencia abraza la definición de trauma, con estímulos que fragmentan, que interrumpen, que dejan interpretaciones flotando, revelándose poco a poco en el consciente y en el subconsciente. Lo que provoca no pasa por el razonamiento, sino por la conmoción de los sentidos. Transita la nostalgia, tristeza, ansiedad, rabia, indignación, incredulidad. Afloran el peso del conflicto entre arraigo y desarraigo, y el sobresalto entre la culpa y el abandono. Hace que emerjan emociones que se combinan, sin permitir darles un significado preciso. Proyecta y refleja un trauma colectivo que no se cura, sino que se expande.
El momento en el que se presenta Geometric Failure coincide con un ciclo de noticias en el que se habla de Venezuela en los peores términos, se discuten posiciones extremas en redes, algunas alarmantes, otras intentando silenciar o neutralizar el drama cotidiano, alimentándolo. Para un espectador venezolano, como yo, este factor la hace aún más impresionante. Y allí retumba su paradoja. Nos obliga a ver, escuchar y sentir, pero nos niega la facultad de comprender. Esa imposibilidad de entendimiento se vuelve, en sí misma, el mensaje más feroz.
La experiencia sensorial
Lo primero que me recibió fue la oscuridad. La pieza absorbía a quienes entrábamos en un espacio negro, incierto, casi claustrofóbico. Mi vista tuvo que adaptarse. Mi tacto se activó en defensa, para evitar tropezar. Desde allí, la obra desplegaba su constelación de componentes como fragmentos de un mismo cuerpo. Sus elementos funcionaban en conjunto con una complejidad seccionada. Y de la misma manera nos invitaba a producir respuestas. Aunque en la aproximación podían parecer secuenciales, en realidad ocurrían en simultáneo, en varios niveles. Desde lo sensorial, lo emocional y, al compartir el espacio con otros espectadores, también lo reflexivo.
En el piso, un pozo metálico cuadrado hacía las veces de espejo de agua. De él salían cables como un cordón umbilical, conectándolo a elementos externos. Sobre la superficie se proyectaban versos del poema Di su nombre. El texto, también disponible en papel en inglés y en español, podía leerse en voz baja, en grupo o en la intimidad.
Al fondo, sobre la pared, se alternaban imágenes y videos en blanco y negro. Huellas de la Venezuela del siglo XX, que nos paseaban por un recorrido aleatorio. Mostraban vistas reconocibles del esplendor del boom petrolero, obras monumentales de infraestructura, la sobreabundancia de recursos naturales y la cultura artística de la modernidad venezolana, contrastadas con escenas de precariedad. Esa geometría del progreso interrumpida, repetida en ciclos, se convertía en un tiempo detenido, circular.
Del techo colgaban cilindros de hielo con monedas atrapadas —bolívares que aludían a reliquias arqueológicas—. Incrustadas en el hielo, las percibí como vestigios de una civilización perdida, que quedó congelada en nuestra memoria. Parecían hundirse en un cofre helado con sello del patrimonio cultural. Pequeñas circunferencias metálicas, funcionaban como relicarios de lo que alguna vez tuvo valor y quedó suspendido, inamovible en nuestra memoria, en el pasado.
Al derretirse, las gotas caían al pozo, distorsionando las palabras y las imágenes reflejadas. Lágrimas de un duelo colectivo. La cara de Bolívar golpeada sin cesar en cada descenso. Cuando las monedas se desprendían, el choque metálico producía un sonido impactante. Me resonaba como un “me cayó la locha”, esa chispa de entendimiento abrupto. Pero también interrumpía las proyecciones como un latigazo. ¿Era real o imaginado? ¿Accidental o intencional? El efecto parecía un guiño a las fallas de la noción postapocalíptica de la realidad, que vimos a finales de los 90s en la película The Matrix.
Sobre el mismo pozo pendían en ángulo dos secciones de barrotes metálicos que evocaban rejas de cárcel y pentagrama vertical. Fuimos invitados a tocarlos con un tubo de metal o una herramienta más pesada. Cada barrote emitía una nota del himno nacional de Venezuela. El resultado dependía de quién los golpeara. Podía surgir el coro reconocible o un estruendo sin armonía. Esa marimba desarticulada me obligaba a golpear de frente. Una provocación para liberar la violencia acumulada. Pararme bajo esas rejas, aunque fuera un instante, evocó la sensación de estar presa.
El sonido, junto con la oscuridad lo envolvía todo. El murmullo del agua amplificada iba ahogando la voz de Violette, que nombraba a los fallecidos en tono de ruego o plegaria. Las monedas golpeando, el eco metálico de los barrotes sonoros. Todo ocurría a la vez. Todo estremecía.
El duelo colectivo
Geometric Failure recupera fragmentos de la tragedia venezolana —imágenes, cifras, nombres, sensaciones— que convocan al espectador de manera íntima y colectiva. No permite una participación pasiva. Exige atravesar la incomodidad. Esperar la caída de las gotas y de las monedas. Mirar el pozo como buscando respuestas, leer el poema en silencio, soportar el peso de las rejas sobre la cabeza. No ofrece consuelo, sino confrontación. Nos obliga a asumir la crudeza de una herida que no cicatriza.
Bule dedicó la instalación a las víctimas de los naufragios de seis embarcaciones venezolanas en el Mar Caribe. Sus pasajeros zarparon en busca de una vida más allá de la mera supervivencia. Con Geometric Failure, la artista lanza un reclamo. Que la pérdida no quede absorbida en el vacío negro con el que nos recibió. Que la memoria se personifique en un pronunciamiento y no en cifras anónimas. Como parte del homenaje, imprimió todos los nombres en una postal.
Geometric Failure es más que un título, es el trauma colectivo. Una identidad desintegrada en sonidos dispersos, imágenes partidas, nombres que se disgregan. Nos enfrenta a una verdad incómoda. Somos fragmentos de un país quebrado, intentando reconocernos en la falla.
Y es allí donde trasciende lo estético. Geometric Failure no es sólo un réquiem poético. Es un documento político, un archivo vivo de la crisis venezolana. Cada elemento está tejido como parte de un recorrido coherente en la investigación de Violette Bule. La identidad y la pertenencia alteradas, las muertes innecesarias, la injusticia, la violencia estructural, la pérdida de referentes culturales, el populismo, la corrupción, la decadencia económica y moral.
No son registros, sino destellos de un país que se agrieta en la memoria colectiva. Al sentirlos, me descubrí fragmentada también, como parte de esa geometría fallida que da nombre a la obra. Lo que emergió fue un espejo implacable. No de lo que Venezuela fue, sino de lo que nos hemos vuelto. En Geometric Failure, no sólo nos reconocemos en la falla, sino que nos descubrimos padeciendo, incapaces de olvidar. Testigos de un país que intentó sobrevivir.



