
El pasado “Black Friday” (24 de noviembre) registró una cifra record en la compra de armas de fuego, en medio de una escalada de ataques terroristas ejecutados, en su mayoría, con armas de fuego de alto calibre.
El FBI recibió hasta 203 mil 086 solicitudes de información de antecedentes, lo que supone un récord histórico de requerimientos en un solo día, según fuentes periodísticas, lo que revelan un incremento de ventas del 10% respecto al año anterior, que también había batido la marca.
Los estadounidenses se lanzaron a las tiendas a buscar rifles y pistolas del saldo al día siguiente de Acción de Gracias, que este año tenía una matanza muy cercana en el calendario: la de la iglesia baptista de Sutherland Springs (Texas), donde 26 feligreses murieron (una docena de ellos, menores de edad) y otros 20 resultaron heridos.
Justo después del tiroteo de Las Vegas, en el que un jubilado provocó la mayor masacre con armas de fuego de la historia de EE UU, las acciones de las empresas fabricantes de armas subieron como la espuma.
Algunos analistas creen que este record se debe al temor de que fructifiquen los esfuerzos políticos para restringir el porte de armas de fuego. Eso explica también que durante la Administración de Barack Obama, favorable a más controles, las ventas se disparasen. El ejemplo más sintomático corresponde a diciembre de 2013, justo después de la reelección de Obama, y coincidiendo con la matanza de niños en la escuela de Sandy Hook, en Connecticut: se compraron unos dos millones de armas, un récord mensual en aquel momento, según cifras del FBI.
No hay datos oficiales y conjuntos de la venta de armas en Estados Unidos, aunque las solicitudes de información sobre individuos al FBI y las cifras de los principales fabricantes ayudan a desterrar un razonamiento falso: a los defensores de las armas las masacres no les disuaden.
EV HOUSTON / foto: referencial



