
El 8 de septiembre volvimos a reunirnos en Houston para celebrar a nuestra amada Virgen del Valle. Esa fecha que, para los orientales y para muchos venezolanos, significa tanto, se ha convertido también aquí, en tierras lejanas, en un símbolo de unión, fe y nostalgia. Este año, la celebración tuvo un brillo especial. El revuelo a nivel mundial por su día fue mucho más contundente que en años anteriores, con imágenes y testimonios que llegaban desde todos los rincones donde hay venezolanos dispersos. Eso, más que una noticia, es una confirmación: estamos regados por el mundo, sí, pero seguimos unidos en torno a nuestra fe y a nuestras tradiciones.
Este año, como todo en la vida, con más experiencias acumuladas, estuvimos más organizados. Y aunque cayó en lunes, lo que podía ser un obstáculo se transformó en un triunfo: la iglesia se llenó completamente otra vez. Fue conmovedor ver cada banca ocupada, escuchar las voces en el coro, sentir la emoción de cada asistente. A todos, gracias. Gracias de corazón. Y un agradecimiento especial al Padre Miguel Solórzano, párroco de la iglesia St. Bartolomé en Old Katy, y a todo su equipo por recibirnos una vez más. También a las casi cien personas de distintas regiones de Venezuela que formamos parte del comité organizador, demostrando que cuando hay fe, amor y ganas de servir, nada es imposible.
Y, por supuesto, al Padre Enrique Guerra. Como dije en la misa, tan margariteño como la Virgen misma, que nos regaló una homilía cargada de sentimiento y de fe. Aunque vino solo por un día, bastó su presencia para dar fuerza a esta fiesta y convertirla en un recuerdo imborrable para todos.
Al igual que el año pasado, la misa guiada por el Padre Enrique estuvo acompañada por la música margariteña, esa que llega directo al alma. El Maestro Eddy Marcano, también margariteño, junto a sus músicos, nos obsequiaron con los valses y melodías de nuestra tierra, un repertorio que nos llevó de regreso a casa. Esta vez, todo estuvo dirigido por el Maestro Valmore, quien, con la batuta, se lució logrando que cada nota resonara en los corazones como un eco de nuestras raíces. Fue imposible no llorar. Lágrimas de nostalgia, sí, pero también de alegría, de poder revivir en comunidad un momento tan profundamente venezolano, tan nuestro.
Esta fiesta, aunque dedicada a la Virgen, fue también para nosotros. Para cada venezolano que pudo estar allí y sentir un pedacito de su tierra en un rincón de Houston. Y yo estoy convencido de que no fuimos nosotros quienes organizamos todo, sino la Virgen misma. Ella movió los hilos, puso las piezas en su lugar y permitió que, como el año pasado, todo fluyera a la perfección. Nuestra Virgen del Valle, como buena oriental, quería fiesta para sus hijos… y nos la dio.
Lo más hermoso es que ya estamos trabajando en el año que viene. Ya tenemos identificadas varias imágenes de la Virgen que queremos traer, y estamos buscando cómo hacerlo posible. La idea es aprovechar que la iglesia St. Bartolomé nos abrió sus puertas para dejar una de ellas fija en sus instalaciones, como regalo no solo para los venezolanos, sino para toda la comunidad de feligreses. Imaginamos que será un lugar de encuentro, de oración y de compañía espiritual durante todo el año, no solo cada 8 de septiembre.
Escribo estas líneas y siento cómo el corazón se me aprieta. Son sentimientos de emoción, gratitud y orgullo. Porque sé que lo que estamos viviendo aquí en Houston, lejos de Margarita, lejos de Venezuela, es algo extraordinario. Es un recordatorio de que la fe no tiene fronteras y que cuando nos reunimos alrededor de nuestra Madre, la Virgen María, revivimos lo mejor de nosotros mismos.
Para cerrar, no puedo dejar de agradecerle directamente a nuestra Virgen del Valle. Ella me encomendó la misión de establecer en Houston esta celebración. Al principio pensé que era solo para honrarla a ella. Pero después de ver la iglesia colapsada el año pasado, y este año otra vez; después de ver las expresiones en las caras de todos los asistentes; después de sentir el empeño y la devoción de cada persona que participó en la organización de la misa, entendí la verdad: no se trataba solo de ella. Se trataba de todos nosotros. De los que estamos en Houston y de los que están en cualquier rincón del mundo, lejos de nuestra tierra natal, con el corazón necesitado del amor de una madre. Y esa madre es María, nuestra Virgen del Valle.
Ella nos reunió. Ella nos regaló una fiesta que fue más que un evento religioso: fue un abrazo colectivo, un pedacito de Margarita y de Venezuela plantado aquí en Texas.
Por eso digo, con toda la emoción del mundo: nos vemos el año que viene, el 8 de septiembre. Y no lo duden, volveremos a celebrar todos juntos con ella, nuestra Virgen del Valle, que desde el cielo nos acompaña y aquí en Houston ya tiene su casa.



